Con un brazo roto, el pantalón descocido y la rodilla ensangrentada, iba aquel niño por la calle mirando todo lo que sucedia a su alrededor. No lloraba, las lágrimas en su rostro eran tan solo unas cuantas, demasiadas pocas dirian algunos, considerando todo lo que vivió.

A cada paso que daba registraba de arriba abajo todo cuanto tropezaba con su mirada: Coches, gente, gritos, un perro callejero y hasta esa ambulancia desquiciada. Nada le pasaba desapercibido, absolutamente nada, sin embargo, no participaba, era tan solo un espectador, un fantasma en medio de una jungla que lo único que buscaba era perderse entre la multitud, pasar inadvertido para no tener que dar explicaciones a nadie de nada, ni de los golpes, ni de las lágrimas.

Tres costilas rotas, hombro dislocado, hematomas por doquier y perdida temporal del conocimiento por fisura craneal fue el saldo que en aquel entonces dijeron los doctores. El niño estaba a salvo, grave pero a salvo, solo restaba estabilizarlo, un poco de terapia y varios meses de rehabilitación.

Pasaron los años y aquel niño de mirada triste y ausente se hizo hombre :un hombre Frio, distante, hermético y  testarudo pero en el fondo solitario, cariñoso, entregado y compasivo en realidad. Bastaba vencer su mirada para descubrirlo, ahi estaba aun ese niño espantando, distraido y mutilado que vagaba por la vida escondiendo su dolor. Era él, con menos pelo, con  algunas canas, lleno de recuerdos y todavia con miles de cicatrices en el alma.