Y después de muchos meses tras aquel terrible suceso, llegó el día en que la herida estaba justo en ese momento donde o terminaba de cerrar o se desprendía la costra remanente, cosa que provocaría de nuevo un poco de sangrado...

Tomó varios minutos el que el convaleciente decidiera lo que creyó que era conveniente, más valía quitarse la costra que seguir sufriendo las molestias que tras algunos roces aún sentía, y así, sin más se la arrancó.

Jamás imaginó que al retirar esa pequeña costrita un dolor profundo regresaría y la herida volvería a supurar, era increíble que algo tan pequeño seguía provocándole a pesar del tiempo un gran dolor.

De pronto, como por arte de magia un parche fue colocado en la herida, remedio con el cual terminaría su sufrimiento e incluso sentiría el alivio que siempre anheló. Y así, sin más, a través de una mano hasta entonces desconocida, un día ceso el dolor, gracias a esa ayuda no quedó rastro alguno, ninguna cicatriz, la huella desapareció y lo que un día pareció un daño irreparable se convirtió tan solo en un recuerdo y un maravilloso remedio casero que formó para siempre parte de su botiquín.